El gran desafío de la política es dar el salto al siglo XXI, no de forma sino de fondo. Comprender que los paradigmas de interpretación de la realidad deben cambiar, cambiar el lenguaje, cambiar las categorías, romper los moldes estrechos de lo que se entiende por conservatismo y progresismo.

Terminar con la cantaleta de la definición simplista de un espectro que divide a las personas, a las organizaciones, a los partidos, entre izquierda, centro y derecha, calificativos originados en los célebres días de la revolución francesa, que se asentaron fuertemente en la nomenclatura del siglo XX, pero que hoy están obsoletos.

¿Qué es ser de izquierda o de derecha hoy? Nada, porque el paquete que envolvía a unos y otros no sirve.

Quien cree en el estatismo y la planificación desde el Estado y está anclado en el rentismo extractivista, ¿qué es? Quien cree que el camino del “progreso” es la industrialización aunque ésta ponga en riesgo el equilibrio ambiental y la sostenibilidad, ¿qué es? Quien ha logrado convocar a los votantes y ganar con mayoría legítima de sufragios y una vez en el poder destruye la instituciones democráticas básica, ¿qué es? Quien cree en las transferencias condicionadas como parte de la política social, pero no ataca las cuestiones estructurales de los problemas sociales endémicos, ¿qué es? Quien cree que la construcción de una economía equilibrada debe garantizar estabilidad macroeconómica, pero para lograrla incrementa el gasto, multiplica la deuda externa y aumenta el déficit sin límites, ¿qué es?

Quien piensa en que la independencia de poderes es la base de una democracia real como forma de vida en sociedad, ¿qué es? Quien busca que la justicia igual para todos sea el primer valor de la democracia real, ¿qué es? Quien cree que la defensa de un futuro sostenible y una naturaleza incorporada a los derechos humanos como parte evidente de la integración entre ser humano y naturaleza, ¿qué es? Quien piensa en un Estado eficiente, responsable de la educación y la salud, con iniciativas en áreas en las que su impulso dinamiza la economía, pero a la vez un Estado que no dificulta sino facilita, que se entiende como parte de un escenario interdependiente, que defiende los intereses de su comunidad, que sabe que la dinamización de la economía puede y debe contar con la iniciativa privada sin prejuicios, pero con especial énfasis en el esfuerzo creativo local, ¿qué es? Quien piensa en una construcción en la que los protagonistas de la economía trabajan juntos, comprendiendo que los costos y los beneficios del sistema se reparten de manera justa y racional, ¿qué es? Quien piensa en medidas de defensa de los trabajadores que pasan del papel a la realidad, sobre la base de que esa defensa no inviabiliza la generación de empleo, ni facilita el abuso empresarial, ¿qué es? Quien piensa que los costos sociales no pueden ser tales que incentiven la vida económica fuera del sistema, ¿qué es? Quien piensa en una propuesta que demuestra que ser informal no es la panacea y que ser formal no se traduce en la cárcel del NIT, ¿qué es?

Las respuestas deben darse, obviamente, con un lenguaje renovado que no acaba de nacer en la investigación y análisis social.

En cuanto al sujeto individual y colectivo de la política. La recuperación del valor del ciudadano como individuo con conciencia propia, ideas propias, derechos y deberes y, sobre todo, la certeza de que el Estado le permitirá la plenitud del ejercicio de su capacidad creativa y generadora de riqueza, tiene que ver con una lectura de nueva generación de la ciudadanía como categoría política. En ese contexto, los ciudadanos son parte de una comunidad nacional y , como tales, construyen necesariamente redes de interconexión colectiva. Los ciudadanos somos todos, sin excepción -más allá de un lugar geográfico y de una actividad económica concreta-. Nuestra adscripción a diversos y múltiples organizaciones o colectivos fortalece esta idea. La ciudadanía se apoya en la adscripción libre e individual de identidad con características específicas, que no se diluyen sino que se fortalecen. Sobre esa base es que se construye un presente y futuro comunes.

Los marbetes, los slogans, las consignas, las categorizaciones del siglo XX, aplicadas hoy, son grandes trampas. Por eso nuestro primer desafío es recomponer el contenido de y significación de las palabras, empezando por nosotros mismos.

Fuente: Carlos D. Mesa