Golpe de Estado en Bolivia

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En Bolivia y en Latinoamérica hasta hace algunos años atrás, se creía erróneamente que los Golpes al Estado – lo que equivale decir Golpe al Estado de Derecho – provenían de las dictaduras militares, tan sólo.

Con el sucesivo pasar de los años, esta percepción ciudadana cambió tras los violentos disturbios y las ilegalidades que acabaron por constituir un Estado de Facto – esto es, un Estado de Hecho, no apegado ni a las leyes ni a la Constitución -. Y esta situación se presenta con notable singularidad en las recientes dictaduras de Nicaragua, Venezuela y Bolivia; amén de la dictadura de Cuba, que es la más larga de América Latina en toda su historia.

La percepción latinoamericana deja entrever que Bolivia y Venezuela han transcurrido caminos paralelos. Tanto Maduro como Morales, y quiénes les secundan, han pateado el tablero de la Constitución y las leyes, han cometido con ello crímenes, y finalmente, son los autores de la falta de separación de los poderes de Gobierno, constituyendo así Estados Forajidos incapaces de llevar adelante procesos de institucionalización y democracia, y de mirar al mundo con dignidad y libertad.

Más allá de tibios u obsecuentes análisis de la prensa nacional, conviene desmontar de una vez el carácter dictatorial del régimen. Y es que, ¿alguien en sus cabales puede pensar que en Bolivia, Evo Morales se irá del Palacio de Gobierno por las buenas en justas eleccionarias?. No seamos ilusos, ni hagamos planteamientos erróneos. Solamente la unidad nacional sin importar la ideología política, podrá reconstituir las libertades y la democracia arrebatada. Y solamente, la movilización nacional sumada a la resistencia, acabará con el gobierno del tirano Evo Morales.

Finalmente, urge que los pre-candidatos renuncien inmediatamente si quieres llamarse opositores, porque lo peor es que en el concierto internacional y nacional, se siga malinterpretando que en Bolivia hay democracia. Con Parlamento o sin Parlamento, con justas eleccionarias o no, Evo Morales seguirá gobernando a su gusto y antojo, salvo, claro está, que se tome un camino diferente.