Por Mauricio Ochoa Urioste

Hace pocos días Álvaro García Linera respondió al expresidente Jorge Quiroga Ramírez en los siguientes términos: “lea un textito de indianismo. En este carnaval en vez de dormir, que lea algún libro de Fausto Reinaga, y podrá entender el significado de indio, de indígena en el continente, le puede mejorar a ordenar las ideas”. ¿Quién es Fausto Reinaga? ¿Es legítimo en el Siglo XXI cosechar ideas de un retorno al Tawantinsuyo, aun cuando sea mero discurso propagandístico y simbólico, mientras el mundo entero habla de las nuevas tecnologías y el “boom” del Big Data?

Fausto Reinaga no solamente induce a pensar en una crítica al sistema colonial, sino a la propia República, y para este fin se vale de planteamientos notoriamente políticos e ideológicos, antes que sólidos argumentos filosóficos, históricos o sociológicos. En efecto, Reinaga apela a un febril sentimiento antioccidental, y concluye en uno de sus muchos libros que la castellanización asesina nuestro idioma y nuestro pensamiento, mientras que las universidades andinas son túneles de inyección de la cultura extranjera. En definitiva, afirma Guillermo Francovich, el punto de vista de Reinaga es una repetición del viejo mito universal del Paraíso Perdido, pues se sobrevalora en extremo el Tawantinsuyo, y se metamorfosea la realidad con un discurso netamente ideológico y por qué no decir, etnocéntrico. Títulos de algunos libros de Reinaga hablan por sí mismos: “Europa prostituta y asesina”; “La podredumbre criminal del pensamiento europeo”; etcétera.

Esta idealización del pasado está igualmente presente en el preámbulo de la Constitución de 2009, y en las políticas públicas que lleva adelante el gobierno. El Viceministerio de Descolonización entregó cincuenta mil libros de Reinaga a estudiantes, y propone otros cien mil ejemplares del libro del precitado autor titulado “Revolución India”. En tiempos de la posmodernidad y la globalización, la sociedad del conocimiento, la innovación y la tecnología, es bastante claro que habría que repensar si vale la pena seguir con los ensueños del Tawantinsuyo, o avanzar en un escenario multicultural y respetuoso de la diversidad hacia el desarrollo de las capacidades de los jóvenes bolivianos, elevando el gasto público en investigación universitaria en las ciencias humanas, sociales, jurídicas, salud, ingenierías, etcétera.

Tampoco cabe alguna duda de que así como es necesario el rescate de lo indígena dentro del vasto campo de las humanidades, principalmente; el mundo de hoy experimenta altas tasas de desempleo por falta de competitividad. El gobierno boliviano tiene la obligación de dotar a los jóvenes de estudios primarios, secundarios y terciarios con una vista ajena a la introyección de ideologías, desarrollando capacidades y motivando canales que les permitan trabajar dignamente, ya no sólo en el concierto local, sino regional y mundial.